“Cuando el SI se vuelve Cruz: el sacrificio que fecunda la vida”.
Queridos Hermanos, cuando volvemos nuestra mirada hacia la imagen de Maria Santísima bajo la advocación de Rosa Mística, no pasan desapercibidas las tres rosas que adornan su pecho y hoy deseo hablar sobre el SACRIFICIO que nos refiere a la rosa roja.
Hablar del sacrificio es hablar de la aceptación de la voluntad divina que no debe ser entendida como una mera resignación pasiva, ni de fatalismo espiritual. Es hablar del acto más alto de libertad que puede realizar el corazón del hombre: unir la propia voluntad a la de Dios, aunque duela, aunque no se entienda, aunque atraviese la noche.
Jesús mismo nos revela que el sacrificio no es sinónimo de pérdida, sino de ofrenda. En el huerto de Getsemaní aquel primer jueves santo, Jesús pronuncia la síntesis de toda espiritualidad cristiana:
«Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
Es un Hijo que siente la angustia hasta sudar sangre (cf. Lc 22,44). Y precisamente allí, en su lucha interior, nace la redención.
El Catecismo enseña con claridad: «La oración de Jesús en Getsemaní y su agonía manifiestan el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Pero, sobre todo, manifiestan el amor del Hijo que acepta libremente la voluntad del Padre para cumplir el designio de salvación» (CEC 612).
Allí está el punto central: el sacrificio cristiano no es amor al dolor, sino amor al Padre.
Por tanto el sacrificio es obediencia filial al designio del Padre. San Pablo nos dice:
«Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).
La obediencia de Jesús no es servilismo. Es confianza absoluta. El sacrificio auténtico nace cuando el alma reconoce que la voluntad de Dios es más sabia que sus propios planes.
El Catecismo afirma: «Jesús cumple la voluntad del Padre desde el primer instante de su Encarnación» (CEC 606).
Es decir, el “SI” de Jesús no comenzó en la cruz. Comenzó en el seno de María y esto es hermoso de contemplar.
En María encontramos el sacrificio silencioso de su Fiat, tan silencioso que aún hoy lo escuchamos y nos cuestiona.
Si queremos entender la aceptación perfecta de la voluntad divina, miremos a la Virgen.
«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
Su Fiat no fue una frase piadosa. Fue la entrega total de su futuro, de su reputación, de su seguridad. San Ireneo de Lyon afirma:
«Así como Eva, desobedeciendo, se hizo causa de muerte para sí y para todo el género humano, así María, obedeciendo, se hizo causa de salvación para sí y para todo el género humano» (Adversus Haereses, III, 22,4).
La obediencia de la Virgen María repara la desobediencia de Eva.
Y esa obediencia no terminó en Nazaret; culminó al pie de la Cruz cooperando de manera especial en nuestra redención.
El Catecismo dice: «La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz» (CEC 964).
La Virgen María no comprendía todo, pero confiaba. Y ahí está la esencia del sacrificio cristiano: confiar cuando no se entiende.
Hablar de Sacrificio es descubrir el altar interior del corazón.
Muchos piensan que aceptar la voluntad de Dios significa perder libertad. Es exactamente lo contrario.
San Agustín escribió: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» (Confesiones I,1).
Cuando el alma se resiste a la voluntad divina, vive en tensión, en crisis. Cuando se abandona, descansa.
La Gran Santa Teresa de Jesús decía: «Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda».
No escribia mera poesía devocional, sino describía una experiencia mística. La aceptación de la voluntad divina estabiliza el alma incluso en medio del sufrimiento.
El Catecismo enseña que la oración cristiana madura precisamente en esta entrega:
«La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes» (CEC 2559).
Pero el bien supremo es que se cumpla su voluntad en nosotros (cf. Mt 6,10).
Muchos que queriendo vivir según el mundo niegan que el sacrificio transforma el sufrimiento.
No todo sufrimiento es redentor automáticamente. Se vuelve redentor cuando se une al de Cristo.
San Juan Pablo II enseñó: «El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención» (Salvifici Doloris, 27).
Cuando aceptamos la voluntad de Dios en una enfermedad, en una pérdida, en una humillación, no estamos simplemente soportando. Estamos participando en la obra salvífica.
San Pablo lo dice con audacia teológica: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo» (Col 1,24).
No falta nada a la Redención objetiva de Cristo; lo que falta es nuestra participación subjetiva.
Por tanto, el cristiano encuentra la prueba decisiva cuando la voluntad de Dios hiere.
Aceptar la voluntad divina cuando coincide con nuestros deseos es fácil y sencillo.
El verdadero sacrificio comienza cuando contradice nuestros planes, cusndo nos duele, cuando nos lleva a nuestros limites y nos derriba.
Santa Faustina Kowalska escribió: «Jesús, confío en Ti. Aunque no entienda nada, aunque todo parezca perdido, confío en Ti» (Diario, 814).
Por lo cual la aceptación no es ceguera. Es fe.
Y la fe es, según Hebreos, «garantía de lo que se espera, prueba de lo que no se ve» (Hb 11,1).
Pensemos un momento el contenido de esta frase: "Del altar de la Cruz al altar del corazón."
Cada Misa actualiza el único sacrificio de Cristo (cf. CEC 1366).
Y en cada Misa, el sacerdote dice: «Orad para que este sacrificio, mío y vuestro…».
Mío y vuestro.
No solo el pan y el vino son ofrecidos. También nuestra historia, nuestra enfermedad, nuestra lucha, nuestra renuncia.
La santidad no consiste en evitar la cruz, sino en abrazarla con Cristo.
San Ignacio de Antioquía, camino al martirio, decía: «Dejadme ser alimento de las fieras… entonces seré verdadero discípulo de Cristo» (Carta a los Romanos, 4).
Eso es libertad espiritual, eso es amor radical.
Eso es el sacrificio que fecunda la vida eterna.
Hermanos, el mundo huye del sacrificio y la Virgen nos invita desde Fontanelle a ofrecerlo con amor por los sacerdotes y consagrados.
Nosotros podemos transformarlo en ofrenda.
Porque cuando el alma dice verdaderamente:
«Hágase tu voluntad», la cruz deja de ser derrota y se convierte en semilla de resurrección.
¡Ave María Purísima!



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