El gimnasio del alma: crecer en Dios con María
En estos primeros días, escuchamos mucho sobre los propósitos propuestos para iniciar el nuevo año con el pie derecho y entre los propósitos que más se escuchan son los relativos a las dietas y el gimnasio, este último será el punto de partida para nuestra meditación.
Espero no escandalizar a nadie con estas líneas o con las comparaciones que haré, pues no veo un tema vano, sino la oportunidad de enseñar con algo con lo que en mayor o menor grado estamos todos familiarizados.
Queridos hermanos, todos sabemos que nadie entra a un gimnasio y sale fuerte el primer día. Quien ya ha tenido esa experiencia sabe que digo la verdad. El cuerpo necesita tiempo, esfuerzo y disciplina. Lo mismo ocurre con la vida espiritual: no se improvisa la santidad, se entrena.
San Pablo usa este mismo lenguaje cuando dice: «Entrénense en la piedad» (1 Tim 4,7). La fe no es un sentimiento; es una vida que se ejercita, se fortalece y madura con perseverancia.
Si ya has empezado a ir al gimnasio o lo has pensado, debes tener claro que la decisión de hacerlo es el primer paso.
Nadie hace ejercicio si antes no toma una decisión firme. Así también, nadie crece espiritualmente sin un acto de voluntad. ¿Cuál es ese acto de la voluntad? Querer seguir a Cristo de verdad.
En María encontramos a la primera que “entró al gimnasio de Dios”. Su «Hágase» (Lc 1,38) fue una decisión total, sin medias tintas. No sabía todos los "pesos" que vendrían, pero confió plenamente en el Entrenador divino.
Por tanto el crecimiento espiritual comienza cuando dejamos de excusarnos y decimos, como María: «Aquí estoy».
Pero no basta solo la decisión si no hay constancia: no solo cuando hay "ganas".
En el gimnasio, el progreso no viene por entrenar un día con entusiasmo y luego abandonarlo. Viene por la constancia diaria, incluso cuando no hay motivación.
En nuestro dias a dia sucede lo mismo: orar cuando hay consuelo es fácil; orar cuando hay sequedad es lo que fortalece el alma. María «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). No solo en los días luminosos, también en los silenciosos.
María no dejó de entrenar el corazón cuando no entendía; perseveró en el silencio y la fe.
Al pensar en las rutinas, tambien podemos decir algo de "los pesos": pruebas, cruces y sacrificios.
Cuándo estás ya dentro del gimnasio y no añades pesos, no tendrás crecimiento. El músculo se desarrolla cuando es llevado más allá de su comodidad.
En nuestro camino cristiano, los “pesos” son las pruebas, las renuncias, las cruces cotidianas. Jesús lo dijo con claridad: «El que quiera seguirme, que tome su cruz cada día» (Lc 9,23). Y ahí encontramos nuevamente a María quién cargó pesos que no eligió: la incomprensión, la huida a Egipto, la profecía de Simeón, y finalmente la Cruz. Pero esos pesos no la destruyeron; la configuraron plenamente con Cristo.
Al meditar con sinceridad descubirmos que las pruebas no son castigos, son instrumentos de fortalecimiento cuando se cargan con amor y fe.
Pero todo esto requiere disciplina: hábitos santos.
Ningún atleta progresa sin horarios, repeticiones y disciplina. En lo espiritual, la disciplina se llama vida de oración, sacramentos y fidelidad cotidiana.
María tenía un alma disciplinada: escuchaba la Palabra, obedecía, servía y permanecía en comunión con Dios. No era una fe improvisada, sino profundamente ordenada al querer divino.
Por eso es oportuno decir sin miedo que la santidad no es un desorden emocional, es una vida entrenada en la obediencia amorosa.
Desde el primer dia aparece el dolor del entrenamiento, pero a medida que pasan los dias comenzamos a ver frutos.
Todo ejercicio duele al inicio. Hay cansancio, resistencia interna, incluso ganas de abandonar. Pero quien persevera ve el fruto.
En el qué hacee diario descubrimos que el dolor ofrecido purifica, ensancha el corazón y lo hace capaz de amar más. María, de pie junto a la Cruz (Jn 19,25), no huyó del dolor; lo ofreció. Y de ese dolor nació la maternidad espiritual de la Iglesia.
Recuerda que el sufrimiento vivido con fe no estanca, sino que da vida.
Al tener en mente estas ideas descubrimos cual es o mejor dicho cual debería de ser el verdadero objetivo del entrenamiento.
El gimnasio no es para verse bien, sino para estar sano y fuerte. La vida espiritual no es para sentirse superior, sino para amar más y mejor.
María es el modelo perfecto del alma entrenada en Dios: humilde, fuerte, constante, fiel hasta el final. Ella no buscó protagonismo; buscó agradar a Dios.
Hermanos, la vida espiritual es un gimnasio exigente, pero lleno de sentido. No se crece sin esfuerzo, no se avanza sin constancia, no se fortalece el alma sin cargar pesos.
Pero no entrenamos solos. María camina con nosotros, nos enseña la técnica del corazón y nos repite en cada caída: «No abandones, sigue entrenando en la fe».
Que ella, la Mujer fuerte del Evangelio, nos ayude a perseverar hasta que Cristo sea plenamente formado en nosotros (cf. Gal 4,19).
Y de las dietas hablamos otro día.



Que hermosa analogía que no solo nos hace reflexionar y nos llama a la vida de oración y los sacramentos, si no que, nos anima a buscar en María esa fuerza y perseverancia que ella siempre nos mostró. Aún en los momentos en que sentimos desfallecer ahí está ella, solo debemos acudir a su auxilio. La perseverancia en el crecimiento espiritual es lo que llevó a muchos santos a ocupar un lugar junto a Jesús en el cielo.
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