Se terminó la Navidad.
Cuando los adornos bajan y la fe debe permanecer.
Con la fiesta del Bautismo del Señor, la liturgia cierra el tiempo de Navidad. No es un cierre abrupto ni un abandono del misterio, sino un paso maduro: Jesús ya no está recostado en el pesebre, ahora se manifiesta públicamente como el Hijo amado del Padre. La Navidad termina, pero lo que celebramos en ella no puede guardarse en cajas junto con los adornos.
Quitar los adornos navideños es un gesto sencillo, casi doméstico, pero profundamente simbólico. Al quitar y guardar las luces, el árbol, el nacimiento, corremos el riesgo de creer que también “apagamos” la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. Y aquí está el primer error espiritual que conviene señalar con claridad: la fe no es estacional. No depende del calendario ni del ambiente emotivo de diciembre. Si Jesús solo nos conmueve cuando hay villancicos y luces, entonces no hemos comprendido el misterio de la Encarnación del verbo.
San León Magno lo expresa con precisión: «Aunque ha pasado el tiempo de la solemnidad, permanece la gracia del misterio» (Sermón 29). La liturgia avanza, pero la gracia no se retira. El Niño que contemplamos en el pesebre es el mismo que hoy entra en el Jordán y mañana caminará hacia la cruz.
Quitar los adornos no es negar o abandonar la Navidad; es aceptar que el Niño Jesús ha crecido y nos llama a seguirlo.
Hay un segundo riesgo, más sutil: aferrarnos a los signos externos y descuidar la conversión interior. Podemos conservar el nacimiento intacto y, al mismo tiempo, mantener intactos nuestros egoísmos, resentimientos y comodidades. El Evangelio no nos pide casas decoradas, sino corazones disponibles.
El Catecismo es claro: «El misterio de la Encarnación exige una respuesta de fe y conversión» (cf. CIC 461–463). Sin esa respuesta, los signos se vacían.
Por eso, retirar los adornos puede convertirse en un acto espiritual consciente. No como quien “termina una fiesta”, sino como quien se pregunta con honestidad: ¿qué dejó la Navidad en mí?, ¿qué cambió?, ¿qué debe cambiar ahora? Si nada ha cambiado, entonces no quitamos solo adornos; quitamos también la oportunidad de haber dejado que Dios nos tocara.
La liturgia de la Iglesia es pedagógica y exigente. Nos conduce del pesebre al Jordán, y del Jordán al desierto de la Cuaresma. No nos permite quedarnos en la ternura sin compromiso. Como advierte san Gregorio Nacianceno: «Cristo se manifiesta no para ser contemplado pasivamente, sino para ser seguido» (Or. 39).
Por eso, al guardar el árbol y el nacimiento, la pregunta decisiva no es dónde los pondremos, sino qué haremos con lo que hemos celebrado. La mejor manera de “conservar” la Navidad no es prolongar los adornos, sino prolongar sus frutos: más humildad, más caridad concreta, más silencio para Dios, más fidelidad en lo pequeño.
Que al quitar los adornos no se apague la luz, sino que se interiorice. Que el Niño no desaparezca, sino que crezca en nosotros. Porque la Navidad termina en el calendario, pero solo fracasa en la vida cuando Cristo no encuentra dónde quedarse.



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