“No nací dulce, me hice santo: la escuela de San Francisco de Sales”

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29)

Hablar del mal carácter no es hablar de un defecto menor. Es hablar de un obstáculo real para la caridad, para la vida familiar y comunitaria, por lo tanto un obstáculo grave para la santidad. Y aquí conviene que seamos claros con nosotros mismos: no se nace con un carácter santo y lo repito: No nacemos santos. 

La dulzura cristiana no es temperamento, es virtud adquirida con gracia y lucha cotidiana.

 San Francisco de Sales es testigo privilegiado de esta verdad.

Teniendo claro lo anterior  se vuelve necesario un dato histórico para desmontar mitos en torno a la figura de San Francisco. 

San Francisco de Sales, proclamado Doctor de la Iglesia y conocido como el santo de la dulzura, no era naturalmente dulce. Las fuentes biográficas, especialmente la Vida escrita por Jean Pierre Camus, coinciden en algo incómodo para muchos pero luminoso para lo que hoy tratamos de meditar:

Francisco tenía un temperamento colérico, impetuoso y fuerte.

Esto es clave. Si él hubiera sido dulce por naturaleza, su enseñanza sería inspiradora pero no transformadora. Pero no fue así. Su dulzura fue el fruto de una ascesis interior constante, sostenida por la gracia divina.

San Francisco no espiritualiza el problema del mal carácter de forma ingenua. Para él, el mal carácter nace de tres raíces principales:

1. Amor propio desordenado. 

El enojo surge cuando la realidad no se ajusta a nuestra voluntad. Para decirlo maq claro es ego herido.

2. Impaciencia con la fragilidad ajena.

Exigimos a los demás una perfección que ni Dios mismo nos exige de inmediato.

3. Falta de dominio interior.

El alma no gobernada termina siendo gobernada por pasiones.


Teniendo presente estos puntos, San Francisco es directo al decirnos:

“La cólera no produce jamás el efecto de la justicia; solo engendra confusión” (Introducción a la vida devota, III, 8).

Para muchos que somos coléricos, malgeniudos y soberbios, la dulzura es debilidad y no una fuerza cristiana.

San Francisco de Sales insiste en corregir un error común: confundir dulzura con pasividad.

Cristo es manso, pero no permisivo. María es suave, pero firme.

Para él, la dulzura es: fuerza bajo control, caridad en el modo y verdad sin violencia.

Dice con claridad especial: "Más moscas se cazan con una gota de miel que con un barril de vinagre.”

No es una frase ingenua: es ssntidad aplicada. La gracia actúa mejor donde el alma no está endurecida por la ira.

Por lo tanto podemos preguntarnos: ¿Existe algun método para ayudarnos a superar el mal carácter? Yo le llamaria el método salesiano para cambiar el caracter.

San Francisco no propone teorías abstractas. Propone un camino concreto, probado en su propia carne y que no vamos a encontrar en ningun libro como se les presenta hoy, sino que es un descubrir en sus escritos y ejemplos.

a) Empezar por la mansedumbre con uno mismo. 

Aquí esto es radicalmente evangélico. El alma iracunda suele ser cruel consigo misma.

“Nunca te enfades por haberte enfadado.”

La corrección sin dulzura solo multiplica el desorden interior.


b) Dominar los primeros movimientos. 

Para los Padres de la Iglesia, el combate se gana en el inicio. San Francisco lo asume plenamente.

- No dialogar con la ira.

- No justificarla.

- No alimentarla.

Sino más bien silencio, respiración interior, oración breve.


c) Imitar conscientemente a Jesús y a María. 

Este punto lo digo no como idea piadosa, sino como ejercicio espiritual diario:

- ¿Cómo respondería Cristo ahora?

- ¿Cómo miraría María a esta persona?

Esto forma el corazón por repetición, no por emoción.


d) La constancia humilde. 

Aquí San Francisco es brutalmente honesto:

“Te corregirás más en un año de dulzura que en diez de violencia.”

No promete cambios rápidos. Promete cambios reales.


La dulzura es, queridos hermanos un camino de santidad cotidiana.

San Francisco democratiza la santidad. No la reserva a monasterios. La sitúa en: La familia, el trabajo, pero sobretodo en la convivencia diaria.

Y aquí su enseñanza es incómoda pero verdadera: “La santidad no consiste en convivir con los defectos, sino en dejar que la gracia los transforme en virtudes.”

En su camino hacia la santidad, San Francisco se dejo acompañar de María, maestra silenciosa de la dulzura.

Francisco de Sales ve en María Santísima un modelo perfecto: Dulce sin debilidad, silenciosa sin cobardía, firme sin dureza.

Ella no discute, confía. No reacciona, acoge.

No hiere, intercede.

Cambiar el mal carácter no es opcional para el cristiano. Es parte del seguimiento de Cristo.

 San Francisco de Sales nos enseña que:

- La dulzura se aprende

- La gracia actúa en la lucha

- La santidad se juega en lo cotidiano


Y si hoy reconocemos nuestro mal carácter, no es para desanimarnos, sino para alegrarnos:

Dios aún tiene materia prima para hacer santos.

¿Te animas a luchar con tu mal carácter? Espero nos comenten cómo les va. 


San Francisco de Sales, ¡ruega por nosotros!

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