A propósito de la Epifanía del Señor.


Al estar en la fila que poco a poco avanzaba para la adoración del Niño Dios en este día de la Epifanía, me asaltó un pensamiento que me dejó un sabor especial durante esta solemnidad: ¿Cómo habrá sido el llanto de nuestro Señor en Belén? El pensamiento se acentuó aún más al escuchar el llanto de un niño que estaba al final de la iglesia en compañía de sus padres.

Las lágrimas del Niño Dios fueron muy diferentes a las de los otros niños que nacen. Jesús llora por compasión de nosotros y por amor, según San Bernardo (Sermón III sobre la Natividad). Llorar es una gran señal de amor.

Esto precisamente decían los judíos luego de ver a Jesús llorar por la muerte de su gran amigo Lázaro: "Ved cómo le amaba" (Jn 11, 36). Lo mismo podían decir los ángeles, mirando las lágrimas que derramaba el Niño Jesús: "Ved cómo nuestro Dios ama a los hombres, cuando por amor a ellos le vemos hecho hombre y niño llorando".

Contemplar las lágrimas del Niño Dios no es un ejercicio sentimental, sino entrar en el corazón del misterio de la Encarnación. El Verbo eterno, al hacerse carne, asume la totalidad de la condición humana, incluida la capacidad de llorar. Las lágrimas del Niño Dios, aunque no narradas explícitamente en los Evangelios, se deducen necesariamente de la verdad dogmática de que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

Cristo asumió la carne y, con ella, asumió también la fragilidad, la dependencia y el llanto. Las lágrimas del Niño Dios son, por tanto, redentoras en potencia, porque brotan de un corazón divino-humano que ya ama y se ofrece. El llanto no es debilidad moral; es expresión de amor herido, de compasión y de entrega.

San Efrén el Sirio, con lenguaje poético y profundamente teológico, afirma:

“El Niño lloraba, pero con su llanto consolaba al mundo” (Himnos sobre la Natividad).

Lloraba Jesús y ofrecía al Padre sus lágrimas para alcanzarnos el perdón de los pecados. Puedo decir con seguridad: aquellas lágrimas lavaron mis delitos.

Así pues, queridos hermanos, podemos reflexionar sobre las lágrimas del Niño Dios a través de tres puntos profundos que seguramente nos ayudarán a vivir lo que resta de los días de Navidad de una mejor manera:

  • El Niño Dios llora por nuestra miseria, porque entra en un mundo herido por el pecado.
  • El Niño Dios llora por amor, porque amar implica vulnerabilidad.
  • El Niño Dios llora proféticamente, anticipando el rechazo, la cruz y la indiferencia.

Las lágrimas del Niño Dios no piden explicación: piden, esperan y exigen una respuesta de nosotros. El Niño Dios que llora nos confronta: ¿Somos capaces de consolar a Dios con nuestra fe, nuestra conversión y nuestro amor concreto?

Espero que estos humildes pensamientos que hoy les comparto toquen sus corazones y que, antes de terminar el día, podamos tomar la firme resolución de ser mejores cristianos.

¡Alabado sea el Señor!


Comentarios

  1. Hermosa reflexión de lo que el señor le permitió vivir en esa hermosa experiencia, y me encantaría también compartir lo que yo sentí cuando en la santa misa del 1 de Enero el sacerdote daba la unción de los enfermos a cada feligrés que hacía la fila para recibirla, mientas cantaba veía la imagen de niño Dios en el pesebre, y sentía un amor tan profundo mis lágrimas también comenzaron a rodar al compás de las alabanzas que entonaba, pensé no podré seguir cantando pero esa lágrimas se convirtieron en fortaleza y un amor correspondido. Esas lágrimas eran el amor que él me hacía sentir.

    Es hermoso como Dios se muestra generoso con un pequeño acto de cercanía nuestra hacia el, como él nos devuelve el mil por uno, con solo un poco de tiempo que le dediquemos el lo devuelve al mil.
    Que Dios le bendiga hermano.

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